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El final de Agustín Acosta
Era de esos tipos que no dejaba indiferente a nadie. Se le quería o se le odiaba. Incluso gente que le odiaba llegó a quererle y gente que le quería pasó a odiarle. Era una de esas personas con muchas aristas, tanto en lo profesional como en lo personal, que lo convertían en alguien especial. De él se han dicho los adjetivos más duros pero también he oído los más generosos. Los que le querían, le querían de verdad, sin fisuras. Le aceptaban y casi tenían una fe ciega en él. Es verdad que a sus colaboradores y trabajadores más cercanos les exigía fidelidad máxima. Y no hablo de esa fidelidad perruna tan poco saludable. Hablo de esa fidelidad que todo jefe necesita para sentirse seguro. Confianza en los que te rodean. Los que le conocían más de cerca señalan que era un tipo difícil de tratar. Generoso y muy celoso a la vez. Cercano y distante. Muy ambicioso. Y no me refiero tanto a la ambición de poseer riqueza como a la de obtener poder y reconocimiento social por parte de las capas más populares. En definitiva, un tipo raro, especial y con una forma de ser y hacer muy singular. También muchos lo consideraron un problema por el poder mediático que llegó a acumular en la isla. De él se ha dicho que estuvo en todas y cada una de las grandes operaciones y tramas políticas que vivió Lanzarote. Y donde no estuvo se metía en medio o presumía de saber todo tres semanas antes de que saltara la noticia. Pero lo cierto es que se ha contado -y no creo que sea mentira- que logró o ayudó a derrumbar a alcaldes y presidentes de Cabildo. Se le temía por ello.
En lo profesional fue un autodidacta. De hecho, más que un periodista al uso era un comunicador de las ondas, obsesionado por el trabajo. Posiblemente, una de las mejores voces radiofónicas de la isla aunque nunca la rigurosidad ni las formas fueron su fuerte. Ni falta que le hacía -diría él- a la vista de los datos de las audiencias. A veces hacía gala de que le gustaba más el rumor que la noticia, y en muchas ocasiones sus críticas fueron desmesuradas e injustas. Su estilo hizo furor en las capas más populares de Lanzarote. Llegó a alcanzar el 80% de la audiencia radiofónica de la isla gracias a su conocido programa “Buenos días Lanzarote”. Emisión que logró sobrevivir a tres generaciones sin prácticamente cambiar de registro ni estilo. Un espacio con el que despertaba a media isla y cabreaba a la otra media. Con este programa basado en noticias comentadas, insinuaciones, rumores y sobre todo mucha opinión, todo ello aderezado con sus variopintas e informales entrevistas, logró enganchar a una audiencia entregada de antemano. De hecho, impuso una especie de estilo o escuela que tuvo mucho éxito y fieles imitadores.
Fue en la radio donde destacó, donde fue el mejor y donde consiguió sus grandes éxitos. Con la televisión no tuvo la misma suerte. Su fórmula radiofónica llevada a la pantalla no tuvo el éxito esperado. Nunca se sintió cómodo en ese formato rígido que delataba sus debilidades periodísticas. A pesar de todo, consiguió que Lanzarote Televisión fuera una de las más vistas en su día. Como consiguió que el digital La Voz de Lanzarote fuera de los más visitados. Por el contrario, el semanario La Voz de Lanzarote nunca logró despegar y nunca consiguió desbancar a LANCELOT del mercado de la prensa escrita semanal. Por ello, convirtió el semanario en una especie de periódico diario (salía tres veces a la semana y luego cuatro) que a la postre puso en riesgo la viabilidad económica de todo el grupo por su elevado coste. Su etapa final, hablo de los últimos tres años, fue realmente triste en lo personal y muy dura en lo profesional. La falta de entendimiento empresarial con sus hijos provocó su sonada salida del grupo periodístico que él fundó. Cuando todos le creían muerto empresarialmente hablando, como el Ave Fénix logró renacer de sus cenizas y montar milagrosamente otro grupo informativo multimedia en menos de un año. Un grupo mediático que a pesar de la crisis, de las zancadillas políticas y del endeble estado financiero de sus arcas ha aguantado vivo a trancas y barrancas hasta hoy. El lunes la primera parte de su programa “El Despertador” -que grababa el día anterior- se emitía mientras su cuerpo yacía en su apartamento con el móvil en la mano. Su voz seguía viva aunque él estuviera muerto. Falleció con las botas puestas.
P.D. Un fuerte abrazo a su gente, a sus colaboradores más cercanos, que lo mantuvieron vivo hasta hoy.
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